No te pierdas los primeros capítulos de EL ÚLTIMO BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS
Lanzamiento: 28/2/2025
EL ÚLTIMO BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS
Derechos reservados © 2025, por:
© del texto: Eva P. Valencia
© de esta edición: Eva P. Valencia
© diseño de la cubierta: Eva P. Valencia
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a evapvalenciaautora@gmail.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A mi hijo, siempre
“La venganza nunca es una solución,
es solo una cadena más que nos ata al pasado.”
MAHATMA GANDHI
“Las cicatrices son el tatuaje del sobreviviente.”
CARLOS RUIZ ZAFÓN
"Hay algo de belleza en la fragilidad,
y las luciérnagas lo saben."
VIRGINIA WOOLF
Creo que todo sucede por algo, que no existen las casualidades. No recuerdo cuándo ni cómo conocí a Eva, solo que la portada de su hermosa Valentine me encandiló nada más verla. Al leer la sinopsis, me eché un poco para atrás, pues no me gusta el drama. Sin embargo, no podía dejar de pensar en esa mirada. Así que tuve que contactar con Eva a través de Instagram y preguntarle si terminaba bien, porque tampoco me agradan los finales tristes. Eva fue súper amable. Me invitó a conocer la historia y me remitió a las reseñas de la misma. No pude evitar leerla y quedar encandilada tanto por la pluma de la autora como por la mismísima historia.
Después leí Tentación, un thriller erótico, pues hasta ese momento el misterio era mi género favorito. Poco después, la portada de Brooklyn volvió a quitarme el sueño. Quizá fue el turquesa de la portada, mi color favorito, o la sinopsis: ese amor entre personas de dos mundos tan diferentes (el amor imposible tipo Romeo y Julieta es mi punto débil). ¿Otra señal del destino? Puede ser. Contacté con Eva para hacerme con un ejemplar y me envió detalles preciosos: un llavero, marcapáginas y una hermosa dedicatoria.
Con Polvo de amor y huesos volví a creer en la magia, pero fue la bilogía Un millón de nosotros la que convirtió a Eva en una de mis autoras favoritas, en una imprescindible. No puedo dejar de mencionar la bilogía Celestial, pues consiguió que leyera con una sonrisa pintada en la cara. Devoré la primera novela en un día y, cuando llegué al final… ¡sorpresa! Había que esperar a la segunda parte. ¿Sabes qué es contar los días para leer el desenlace? Una tortura que no se la deseo ni al peor de mis enemigos.
Eva es una todoterreno. Se atreve con fantasmas, policías, Las Vegas, drama, el romance más puro, erotismo, tentación… Sus historias atrapan y te obligan a devorarlas hasta llegar al punto final. Y con sus personajes sientes que los conoces de toda la vida. Son tan reales que acabas echándolos de menos. Pero hay algo más. Algo doloroso y, a la vez, excepcional: la necesidad de más. Cerrar el libro y sentir que falta algo en tu vida. No poder abrir un nuevo libro en días por lo que te remueven sus historias. Amar y odiar personajes. Ser uno más en sus historias. ¿Un mero espectador? No, Eva va más allá. Es dejarse la piel y el alma. Meterse en el centro de un tornado y dejar que la historia te ponga del revés. Es pura magia.
El día que vi la portada de El último baile de las luciérnagas, sentí de nuevo ese flechazo. Las luciérnagas me recuerdan a una película que me marcó: Dragonfly. ¿Otra señal? Tal vez. Mi primera reacción fue compartir el post de la portada y, al poco tiempo, Eva me propuso escribir este prólogo.
Al principio, supuso un sueño hecho realidad: ¡una de mis autoras favoritas me había pedido escribir el prólogo de su próxima novela! Un regalazo. Después, cuando puse los pies sobre la tierra, me atrapó la inseguridad. ¿Estaré a la altura? No lo sé. Lo único que tengo claro es que Eva nunca defrauda, así que estás en el lugar indicado.
Feliz lectura,
Naiara Sánchez, escritora
18 diciembre de 2024
Union Station, Los Ángeles
Cuando menos lo esperas, sucede el milagro. O, en ese entonces, bajo la influencia de mis veintitrés años, prefería pensar que era cosa del destino, esa extraña y mágica idea de que los astros se alinean en una perfecta conjunción cósmica justo en ese preciso instante, cuando el tiempo parece detenerse y la razón se desvanece, para que dos almas, hasta ese momento desconocidas, se encuentren y se unan en una sola. Quizá suene algo cursi, tal vez me tachen de soñadora, pero, como siempre, a los hechos me remito. Y es que, cuando mi historia, nuestra historia, ocurrió, sucedió de una manera… tan imprevisiblemente real que ni yo misma podría haberla imaginado.
—¡No puede ser… no me está pasando esto a mí! ¡Es imposible que haya perdido el maldito tren…!
Ante mis ojos, como si estuviera protagonizando una de las escenas histriónicas y surrealistas de Eraserhead, las puertas correderas del Southwest Chief se cerraron con una lentitud tortuosa, dejándome fuera, en el andén, con la mano temblorosa aferrada al billete, mientras en la otra sostenía la maleta que, en ese momento, parecía un lastre insoportable, más pesada que nunca.
—¡Dios, no puede ser…! ¡No… puede ser…!
Me froté los ojos, con la absurda esperanza de borrar de mi mente aquella imagen tan nítida, tan dolorosamente clara. Negué con la cabeza, sintiéndome atrapada en un torbellino de confusión y desorientación, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. La frustración creció en mí mientras mi respiración, entrecortada por la carrera frenética, me ahogaba y la desesperación golpeó mi pecho con tal fuerza que sentí como si algo dentro de mí se rompiera en mil pedazos.
Crash!
Mierda. ¡Oh, mierda…!
Mis ojos, hipnotizados, siguieron al tren, viendo cómo se alejaba sin poder hacer nada por impedirlo, contemplando a mi última esperanza para llegar a Oklahoma a tiempo.
Sonreí para mis adentros, por no echarme a llorar, pues, ironías de la vida, fui bautizada con el nombre de Hope, mientras que yo misma ya ni siquiera confiaba en el significado onomástico.
¿Esperanza?
¡¿En serio?!
De improviso, alguien pasó por mi lado como un vendaval, a grandes zancadas, corriendo hacia el final del andén como si, al perseguir al tren, el maquinista de alguna manera lo detuviera en seco para que pudiera saltar al último vagón.
—¡Joder! ¡Me cago en mis putos muertos!
Dio una patada al aire, frustrado, y se frotó la cara con ambas manos, como si intentara deshacerse de la rabia. Luego pasó los dedos por su pelo negro, tan oscuro como una noche sin luna y sin estrellas, y al girarse, se topó con mis ojos azules, grandes como platos, y con mi cuerpo plantado en medio del andén como una lela.
Inmediatamente, me sostuvo la mirada durante unos segundos, con sus rasgados ojos recorriéndome de arriba abajo con una intensidad inquietante.
Cuando parecía haberse quedado satisfecho, o al menos eso creí, me soltó con una indiferencia desafiante:
—Ey, ¡se acabó el espectáculo!
—¿Disculpa?
Negó con la cabeza, y antes de soltar una risa burlona, empezó a caminar hacia mí, reduciendo rápidamente la distancia entre nosotros.
Mi respiración se aceleró, y justo cuando estaba a su lado, se inclinó y susurró en mi oído:
—Que dejes de mirarme así, Piernas, o me obligarás a lamer tus labios hasta borrarte esas ganas que me tienes de besarme.
Me quedé completamente paralizada, abriendo la boca sin poder emitir palabra alguna, ni siquiera una onomatopeya.
Pestañeé varias veces, sin dar crédito a lo que acababa de suceder, y sin pensar, me giré instintivamente, apenas sin poder reaccionar antes de verlo alejarse, con su paso seguro y arrogante. Bajé la mano al borde de mi falda tejana y traté de cubrir mis muslos con torpeza, sintiéndome tan expuesta, pero ¡era inútil!
Finalmente, cuando el rubor de mis mejillas atenuó lo suficiente como para que dejara de sentir que me estaba incendiando por momentos, logré articular un:
—¡¡¡Capullo!!!
La palabra emergió de mis cuerdas vocales con tanta fuerza que me quedé más ancha que larga.
O tal vez no tanto…
«Genial, Hope», me autoflagelé.
«Tarde como siempre.»
«Siempre tan tarde para las respuestas, para las reacciones y, cómo no, ¡para perder el último tren!»
—Un café solo, por favor.
Me dejé caer en un taburete de madera oscura en la cafetería Philz Coffee, enclavada dentro de la bulliciosa Union Station, buscando algo sencillo y rápido que pudiera aliviar mi mente, aún aturdida, pues sentía como una neblina densa que apenas me dejaba discernir entre la maraña de oscuros pensamientos que me atormentaban.
Mientras esperaba mi pedido, mi mirada vagó sin rumbo, atrapándose en pequeños detalles: el tintineo de una taza al rozar su platillo, el silbido del vapor escapando de la máquina de expreso, y las notas casi imperceptibles de Dreams de Fleetwood Mac, disimulando los silencios incómodos entre las conversaciones cruzadas.
A mi alrededor, algunos se refugiaban tras las páginas de un periódico; otros, abducidos por las pantallas de sus teléfonos mientras, en la entrada del establecimiento, la chica del andén hacía su entrada estelar, luchando con una maleta casi tan grande como ella, al tiempo que sus ojos rastreaban con desesperación una mesa vacía.
Para su desgracia, y quizás también la mía, solo quedaba un lugar disponible, justo a mi lado.
«¡Vaya suerte la mía! ¡Qué afortunado soy!», me burlé en silencio, con una ironía mordaz que ni yo mismo me creía.
La chica del flequillo siempre perfecto se acercó a mí; su parecido con Katy Perry era asombroso, ¡casi como si fueran gemelas separadas al nacer! Sus ojos, de un azul gélido, contrastaban con su piel blanca e inmaculada, realzados por un maquillaje muy del estilo effortless (cuidadosamente equilibrado), que acentuaba su aire dulce y retro. Su melena negra, recogida en una coleta alta adornada con un lazo prominente, complementaba su atuendo de reminiscencias cincuenteras y sesenteras, consolidando una estética nostálgica.
Cuando la camarera me entregó el café, tomé la taza entre mis manos sintiendo el calor de la cerámica.
—Menuda coincidencia… —murmuré sin dejar de observarla cuando ocupó el taburete libre, más para mí mismo que para ella, y di un sorbo sonoro, dejando que el sabor amargo del café recorriera mi lengua.
No la miré a los ojos.
No era necesario.
De repente, una exclamación escapó de sus labios sin pre-vio aviso:
—¡Oh, mierda! No es lo que parece…
Joder.
No pude evitar sonreír pues fue una de esas reacciones espontáneas, casi involuntarias, que salen del alma. Luego me giré y cuando por fin la miré, su rostro estaba completamente sorprendido, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera procesando algo más allá de lo evidente.
«Sí, cielo, soy el mismo gilipollas del andén.»
Acto seguido, observé como su garganta se movió con una suave ondulación al tragar saliva apelmazada.
—Disculpa, yo… Buscaré otro sitio… —claudicó, se recolocó la coleta y se levantó, dispuesta a huir del incómodo escena-rio.
Salvo porque yo, sin apenas meditarlo (o mejor dicho, sin meditarlo en absoluto), la tomé suavemente por la muñeca antes de que pudiera despegar su trasero del asiento.
—No —manifesté con firmeza—. Este es un país libre. Puedes estar donde te plazca en todo momento.
Entonces, unos segundos de duda cruzaron su rostro mientras sus labios se humedecieron lentamente antes de que dejara escapar un suspiro.
—¿Qué vas a tomar, bonita? —le preguntó la camarera, interrumpiendo nuestro duelo de miradas.
Instintivamente, la morena de grandes ojos azules y ropa colorida sin obviar la minifalda que dejaban ver unas piernas largas y delgadas, se giró hacia ella para responderle con la voz aún aturullada:
—Un turmeric latte, por favor.
Mi ceño se frunció al instante. ¿Cúrcuma? ¿Cúrcuma en un café? ¿De verdad? ¡La idea de sustituir el café tradicional con esa especia dorada me resultó un sacrilegio!
—¿Para todo siempre eres tan especialita?
Juro que lo solté sin filtro, las palabras escaparon de mi boca como un torrente, vomitándolas sin siquiera detenerme a meditarlas. La guapa desconocida arqueó una ceja con una precisión casi quirúrgica, una expresión que rozaba la perfección del desdén. ¡Claramente, estaba ofendida!
—Obvio que no —contraatacó con un tono acerado, con su voz firme y sin el más mínimo temblor. Luego repiqueteó la barra con su manicura nail art que me resultaba de lo más divertida.
Su semblante permanecía gélido, aunque, para mi desconcierto, una leve sonrisa se asomó en la comisura de sus labios, como si esa pequeña grieta en su fachada estuviera burlándose de mis suposiciones.
¿La había ofendido o, por el contrario, encontraba divertida la situación?
Definitivamente, la mente de una mujer seguía siendo un enigma inescrutable, un rompecabezas que desafiaba toda lógica ni razón. Al menos para mí…
—No pretendo darte conversación —contraataqué— De hecho, nunca la doy.
—¡Anda, gracias! Entonces debería considerarme una excepción —dijo, dejando escapar un suspiro con un deje sarcástico que golpeó justo donde más dolía.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
¡Joder!
¡Peleona hasta la médula!
Cada palabra suya era una estocada precisa, y no pude evitar preguntarme si aquello era un defecto o una virtud. En ese instante, no tenía ni pajolera idea de cómo interpretar su conducta.
Pero algo era seguro: pronto lo averiguaría.
—Deja —insistió él, deslizando su mano con suavidad sobre la mía, deteniéndome justo antes de que alcanzara a pagar. El contacto fue breve, pero suficiente para que ambos lo notáramos. Sin apartar la mirada, colocó su teléfono sobre el datáfono con un gesto decidido—. Esta vez invito yo.
Me observó, arqueando ligeramente una ceja, como si intentara desentrañar algún misterio en mis intenciones. Tras un breve silencio que pareció alargarse más de lo necesario, mi respuesta brotó de mis labios, tan fría como inesperada, incluso para mí misma:
—Gracias, pero no habrá una próxima vez.
No esperé a ver su reacción; no tenía sentido alargar la estancia allí, pues nuestros caminos se separaban en ese punto.
No mucho después, sin despedirme, ajusté la correa de la maleta y me encaminé hacia la salida. Al pisar el exterior, la penumbra de la noche me devoró bajo un lienzo celeste salpicado de centelleantes estrellas.
Enrosqué la bufanda alrededor de mi cuello y dejé escapar un suspiro profundo. Un largo viaje me aguardaba, sin la menor idea de cómo iba a completarlo, pues el próximo tren con destino a Oklahoma no saldría hasta dentro de veinticuatro horas.
Debía encontrar un lugar donde pasar la noche. Sin perder tiempo, saqué mi teléfono y abrí rápidamente el buscador de Google. Fue entonces cuando me asaltó una realidad perturbadora: me encontraba en Los Ángeles y, además, en vísperas de Navidad. Por lo tanto, ¡necesitaba un milagro!
—Toma, se te ha caído el billete de tren en el suelo de la cafetería.
Unos pasos ligeros resonaron en el pavimento, acercándose hasta quedar justo detrás de mí.
Me giré, algo sorprendida.
Era él.
Era ese chico moreno, con el cabello alborotado y desordenado, como si acabara de levantarse de la cama sin dar un solo vistazo al espejo.
Observé su mano extendida, sujetando el billete de tren que aparentemente había extraviado, con los dedos firmemente apretados contra el cartón. Fue entonces cuando noté algo más, algo que no había visto antes: en la cara interior de su muñeca izquierda, apenas visible, comenzaba a delinearse lo que parecía el principio de un tatuaje: las alas extendidas de una luciérnaga teñían su piel.
—Gracias.
Logré esbozar una sonrisa de agradecimiento, una sonrisa pequeña, casi tímida.
—Es la segunda vez esta noche que me las das.
—Tómalo como un incidente extraño, uno que no se va a repetir.
—Eso dijiste la última vez.
—¿La última vez hace tres minutos?
—Sí —aseveró en un tono casi juguetón, y luego me miró fijamente a los ojos, como si tratara de leer algo en mi expresión.
Hubo un breve instante de silencio incómodo, el tipo de pausa que deja una sensación incómoda en el aire antes de que él hablara nuevamente.
—No deberías vagar por las calles sola y con una maleta así.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Porque podrían robarme?
—Eso sería lo más inocente que podrían hacerte.
Sus palabras fueron más duras de lo que había anticipado, como si detrás de su comentario se ocultara algo más sombrío. La advertencia, velada pero clara, me hizo sentir una punzada de inquietud que no pude ignorar.
—Gracias, pero sabré arreglármelas sola.
—Tercera vez.
—¿Cómo dices?
Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y negó con la cabeza, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de respuestas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que se refería a la manera en que le agradecía en todo momento sus gestos, sus intenciones y sus...
—¿Cuál es tu nombre?
Pestañeé varias veces, una, dos y hasta tres, antes de responder. Algo en su mirada me hizo vacilar, como si no quisiera compartir más de lo necesario, pero al final, elegí decir la verdad y no inventarme un nombre ficticio. De todas formas, estaba segura que no iba a creerme.
—Hope.
—¿Hope?
—Así es.
—Esperanza.
—Vaya, veo que tienes agudeza mental...
Escupió una risa seca, cargada de ironía. Yo, por mi parte, me mordí el labio para reprimir una sonrisa divertida, aunque no podía evitar encontrar algo irónico en la forma en que se burlaba.
—Ya me explicarás más tarde por qué tus padres te jodieron la existencia con ese nombre. Ahora lo que prima es no morir congelados por idiotas —dijo, sin medir sus palabras, pasan-do una mano por su cabello desordenado, como si sus mechones ya no pudieran estar más alborotados—. El estudio de un colega está a solo dos manzanas.
—¿Te has vuelto loco?
—Bueno —se encogió de hombros, su gesticulación era de total indiferencia, antes de soltarse a reír—, según la gente que me rodea, nací un poco tarado, pero esa es una larga historia que ahora mismo, no viene a cuento, Piernas.
Al escuchar nuevamente el mote con el que me había bautizado, me sentí sonrojar al instante, como si hubiese menguado varios centímetros y ¡volviera a tener diez años!
—Ni de coña. No pienso hospedarme en un lugar que no conozco.
—¿Prefieres que te roben, violen y que encuentren tu cadáver tirado en un sombrío callejón?
Tragué saliva con un sabor amargo y acidulado recorriendo mi garganta al visualizar, incluso por un instante, ¡esas aterradoras situaciones! El solo pensamiento me recorrió como un escalofrío, haciendo que mis músculos se tensaran.
—Prefiero buscar alojamiento en alguna web y despedirme de ti, ahora.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba, como si, al decirlo, pudiera convencerme de que tenía el control sobre la situación, craso error. Sin embargo, una parte de mí aún dudaba.
Clavó sus ojos en los míos, y nuestras miradas se entrelazaron durante unos largos segundos.
—Como prefieras. No insistiré más, no va conmigo ese rollo —manifestó con un tono que circunvalaba entre la indiferencia y la advertencia. Acto seguido, sacó una cajetilla de cigarrillos, le dio unos ligeros golpecitos para alinearlos, atrapó uno con los labios, lo encendió y aspiró una bocanada profunda—. Aunque, a simple vista, parece que no eres de aquí y deberías guardar mi número de teléfono. Por si acaso.
Su voz sonó más grave, había descendido una octava, y supe en ese instante que hablaba en serio. No era algo que dijera a la ligera. Mi impulso inicial fue rebatirle, rechazar sus palabras o, al menos, sus intenciones, pero me contuve. Cerré la boca y me limité a desbloquear el teléfono, ofreciéndoselo para que añadiera su contacto a mi lista.
Al terminar, apagó la colilla aplastándola bajo la suela de sus deportivas. Luego se caló un gorro de lana, dejando que algunos mechones ondulados se asomaran por su nuca. Con un gesto seco, alzó la mano en una breve despedida, mientras lanzaba un último: «suerte» antes de desaparecer al doblar la esquina.
Me presenté en el estudio de mi amigo Will Lauder sin previo aviso. No estaba para tonterías ni para desperdiciar un segundo más. Afuera, la calle estaba azotada por un frío infernal, de esos que calan hasta los huesos. Pero esa noche no pensaba quedarme en el camino, no iba a ceder ante el destino sin antes poner fin a un asunto que llevaba veinte jodidos años esperando resolver.
Subí hasta la octava planta y golpeé la puerta con los nudillos. Insistí varias veces, pues se filtraba un tenue haz de luz por debajo de la puerta y, además, la canción Zombie, de The Cranberries, resonaba a un volumen ensordecedor, como si Will estuviera completamente sordo.
Tras un interminable minuto y medio sin respuesta, no me quedó más remedio que recurrir a la llave escondida. La encontré tras descolgar el aplique de la pared, ese que rezaba en letras grandes y desafiantes: «¡Bienvenido a la república independiente de mi puta casa!».
Entré y cerré la puerta de un golpe seco con el talón. Escaneé el lugar con la mirada, y no me tomó mucho tiempo darme cuenta de que el caos reinaba por doquier. Latas de cerveza vacías desperdigadas por todas partes, y los restos de una pizza a medio devorar descansaban en el interior de una grasienta caja de cartón. El sofá estaba cubierto de ropa: una camiseta de propaganda arrugada, unos tejanos llenos de rotos y, en el suelo, un tanga de leopardo y encaje negro junto a tres condones usados, ¡prolijamente anudados como si eso compensara la depravación!
Negué con la cabeza, dejando escapar un suspiro de protesta y mal gusto, y crucé el saloncito de diez metros cuadrados escasos, en dos zancadas hasta el tocadiscos. Sin dudarlo, lo apagué, poniendo fin a la música que me estaba licuando el cerebro a marchas forzadas. En cuanto el silencio se hizo presente, contuve una sonrisa sarcástica mientras levantaba los dedos, enumerando mentalmente cuántos segundos pasarían antes de que aquel cabrón apareciera en bolas, ¡listo para patear el trasero del intruso que había osado profanar su templo de decadencia!
Conocía a Will desde hacía más de una década, y todavía no había encontrado a nadie tan chiflado como él. No, no estaba exagerando ni un ápice, porque ese tipo era capaz de prestarte a su novia en un abrir y cerrar de ojos antes que permitirte tocar su adorado Chevrolet Chevelle Malibu del '64, idéntico al que aparece en Pulp Fiction.
¡Sí, has leído bien, listillo! El mismo modelo que alguna vez fue propiedad de Tarantino y que, tras ser robado poco después del rodaje, acabó siendo recuperado por pura casualidad durante una redada policial.
—Tres, cuatro...
—¡¿A qué desgraciado voy a arrancarle los huevos esta vez y comérmelos sin siquiera masticar?!
Su grito retumbó en mis oídos con la misma intensidad que Wind Beneath My Wings de Bette Midler, esa balada que siempre despierta pasiones enfrentadas: para algunos, una obra maestra conmovedora; para otros, el equivalente sonoro a ¡un coro de grillos empapados chillando al unísono!
Yo prefería mantenerme al margen y no opinar en esa ocasión…
—¿Jamie? —se plantó a menos de medio metro de mi cara, con la mano cerrada en un puño que parecía a punto de partirme la crisma. Yo, audaz o simplemente estúpido, ni siquiera me moví un milímetro—. ¡Hijo de puta! ¿Qué demonios haces en mi kelly?
—¿Me invitas a una birra y te lo cuento?
—¡Pero antes dame un jodido abrazo! —exclamó antes de abalanzarse sobre mí y estrujarme como si fuera una naranja a punto de ser exprimida para un zumo—. ¿Por qué no me has avisado? ¡Hubiera limpiado este tugurio…!
—¡Puf! Ha sido un imprevisto —alcancé a responder una vez que me soltó y me permitió recobrar el aliento tras ¡semejante asalto físico!
—Eso está hecho, tío… —rio a carcajadas mientras me zarandeaba y, de paso, me obligaba a dar una vuelta completa para escrutar mi aspecto de pies a cabeza pues hacía tres años que no había dado señales de vida.
En ese momento, una rubia de cabello platino y coleta despeinada apareció en escena, desfilando con pasos tambaleantes junto a nosotros. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes manchada de quién sabe qué y unos calzoncillos que, a juzgar por el tamaño y el descuido, probablemente pertenecían al menda lerenda.
Ignorándonos por completo, se acuclilló frente a la mesita, rebuscó entre tanto desorden hasta encontrar una bolsita de polvo blanco, y sin demora cuarteó un par de rayas. Se inclinó para esnifarlas con la precisión de quien tiene práctica en años, echó la cabeza hacia atrás con un resoplido y, con total parsimonia, se limpió los restos de los orificios nasales con la mano.
—Voy a darme una ducha…
Se acercó a Will, recorrió sus labios con la lengua y le sobó el trasero de manera descarada, ignorando por completo mi presencia, que parecía no importarle un bledo. Acto seguido, se encerró en el diminuto cuarto de baño.
—No sabía que estabas comprometido —comenté con sorna.
—¿Comprometido? —replicó, frunciendo el ceño y revelando estar casi ofendido—. ¿Acaso me ves con una soga al cuello mientras alguna tiparraca me pasea por ahí como si fuera su chihuahua?
—Pues no.
—¡Exacto, joder!
Entonces, se frotó las manos y, ensanchando aún más su sonrisa, me preguntó en tono jocoso por los motivos que me habían llevado de regreso a su vida de entre los muertos.
No tardé en explicarle una de las dos razones de mi inesperada visita tras tanto tiempo. Sin embargo, solo compartí una: necesitaba su ayuda. Le pedí que me prestara su preciado Chevrolet de coleccionista.
Lo que omití fue la segunda razón, la verdadera: el auténtico motivo detrás de mi gran petición y la urgencia de llegar en tres días a Oklahoma.
YA puedes COMPRAR tu ejemplar (haz clic en el enlace):
Gracias por contactar conmigo.
Te respondereé lo antes posible.